Según datos recientes manejados por los expertos, cerca del 40% de los menores practica botellón y la mitad de ellos lo hacen con bebidas de alta graduación alcohólica, cuyo consumo ha aumentado un 20% en los últimos diez años. “Pero lo peor es que cerca de un 13% de los padres se muestra partidario de que, en el entorno familiar, los niños consuman pequeñas cantidades de bebidas alcohólicas en ocasiones especiales. Deberían saber que los adolescentes que comienzan a beber a temprana edad corren un grave riesgo de desarrollar enfermedades crónicas, sufrir accidentes, depresiones e, incluso, suicidios”. Y qué decir ya sobre las nuevas modas de consumir alcohol: ‘binge drinking’ o atracón, ‘eyeballing’, echando el alcohol en los ojos… y otras barbaridades similares o peores, que “acarrean graves peligros para la salud”.
Muchos se preguntarán qué diferencias hay entre desarrollar alcoholismo entre la etapa adolescente y la adulta. Una persona joven no tolera el alcohol en la misma medida que lo hace un adulto, es de hecho más dañino para los adolescentes. Beber durante un período crítico de crecimiento altera la función cerebral, especialmente capacidades como la memoria, las habilidades motoras y la coordinación. Según la evidencia actual, los jóvenes que empiezan a beber antes de los 15 años tienen 4 veces más posibilidades de desarrollar una dependencia al alcohol que aquellos que empezaron a los 21 años.
Es importante no considerar de forma aislada a los jóvenes del contexto social en que se desenvuelven, sino a ambos conjuntamente, para tener siempre presente los respectivos elementos del sistema: jóvenes, familia, escuela, y barrio o municipio y actuar conjuntamente sobre todos ellos.
Así podíamos considerar diferentes actitudes o pautas de actuación frente al problema, entre los que destacarían:
Diseñar programas de educación, en los que se incida no sobre los efectos negativos del consumo alcohólico, sino sobre los efectos positivos del no consumo, este pequeño matiz, haría que las medidas tuvieran una mejor acogida general y una mayor eficacia.
Orientar las actuaciones en el nivel educativo cuestionando y delimitando los efectos positivos del alcohol, que es el conjunto de creencias más desarrollado. Se debe partir de una información realista, que sitúe en su término más justo los "efectos reforzantes" del alcohol, pero que también muestre sus límites. Además existen una serie de creencias erróneas respecto al alcohol (aumento de la potencia sexual, modo de combatir el frío, o como utilidad terapéutica), transmitidas de generación en generación que necesitan ser desmontadas.
Desarrollar programas de entrenamiento en habilidades sociales, para actuar principalmente en la preadolescencia, antes de que se instaure el consumo habitual de alcohol, para ayudar a esta población a hacer frente a la enorme presión que el grupo ejerce sobre aquellos que no beben. Para ello se debe formar a profesores del sistema educativo, educadores de calle, animadores sociales, etc.
Hay que utilizar medidas eficaces que no tienen porque ser las más costosas. Hacer más baratas las bebidas no alcohólicas, ya que actualmente es más barato consumir una bebida alcohólica que un refresco, así como potenciar bebidas exóticas con menor o nulo contenido alcohólico pero "que entren por los ojos" a los jóvenes.
Conseguir imponer líneas de trabajo que logren que la edad de inicio del consumo habitual de alcohol se retrase lo máximo posible, lo cual tendrá una incidencia importante en la prevención de los consumos problemáticos del alcohol.
Formular objetivos para evitar la desconexión de los adolescentes de los sistemas de contexto, sobre todo educativo, modificar las creencias de adolescentes y jóvenes sobre el alcohol, trabajando fundamentalmente sobre las motivaciones de consumo, o diseñar estrategias para reducir lo máximo posible el dinero que los jóvenes llevan encima los fines de semana.


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